El diseño editorial o de publicaciones (también conocido, de forma menos respetuosa, como “maquetación”) es una disciplina estrictamente intelectual y, por lo tanto, “intangible”, pues no implica, por sí misma, la producción o consumo de materia alguna. Cuando se trata de valorar costes de un trabajo de diseño editorial, el único parámetro son las “horas de trabajo”.
Así, cualquier presupuesto de creatividad o diseño es el resultado de una previsión de tiempo de dedicación “intelectual” al proyecto por parte de los directores de arte o diseñadores. Y esta previsión está basada en la experiencia y en la estadística acumulada en proyectos de similares características para otros clientes.
Por las razones anteriores, cuando tenemos que elaborar un presupuesto de diseño editorial necesitamos, primero, saber (o decidir con el cliente) con la mayor exactitud posible qué es lo que tenemos que diseñar y componer, para poder estimar, después, cuánto tiempo, cuántas horas de trabajo nos va a llevar hacerlo. Y disponer, para su valoración, de un original completo, definitivo y “cerrado” de los contenidos de ese libro, memoria o catálogo…: es decir, un documento que no precise más corrección por parte del cliente que la necesaria revisión final previa a la impresión.
En este caso ideal, la responsabilidad del diseñador sería, en cuanto a la corrección, únicamente la de garantizar que los contenidos publicados se correspondan con los contenidos entregados por el cliente en su original.
El sentido común y la experiencia nos dicen, sin embargo, que ese original “totalmente cerrado y revisado” no existe: siempre habrá algún pequeño error, algún cambio o mejora que el cliente (o el diseñador) querrá incorporar una vez iniciado el proceso de diseño. Y el mismo sentido común dicta también que cualquier presupuesto debe prever y aceptar un número “razonable” de cambios sin necesidad de ser modificado.
¿Cuánto es “razonable”? Convencionalmente, un original en proceso de diseño cuya información sea modificada por voluntad del cliente en menos de un 10% puede seguir siendo considerado un original “cerrado”.
Si las correcciones imputables al cliente superan objetivamente esa frontera “razonable” estaremos, simplemente, ante un original incompleto, no definitivo, “no cerrado”… un original “abierto”.
Siguiendo la misma lógica, un original “abierto” no puede ni debe ser valorado con un presupuesto “cerrado”.
Y lo que es quizá más importante: si un original presentado por el cliente como “cerrado” se acaba convirtiendo –una vez iniciado el proceso de diseño y por razones no imputables al diseñador– en un original “abierto” deberemos entender que modifica –que “abre”– en la misma medida el presupuesto acordado para llevarlo a cabo.
Y no sería correcto, en ese caso, intentar hacer valer aquello de que “un presupuesto es un presupuesto”.
Lo deseable es ofrecer siempre a cada cliente el mejor diseño y al mejor precio: el precio justo.
Seamos, pues, justos: ¿Original cerrado? Presupuesto cerrado. ¿Original abierto? Presupuesto abierto.

En cierto escaparate de El Llano, barrio muy retrechero de Gijón, se puede leer lo siguiente: EXPERTOS EN INGLES. Entré, por ver si me hacían las brasileñas (máxime cuando también anunciaban nativos entre su personal), para descubrir que se trataba de una academia de idiomas. Así se comprueba lo que pesa una tilde.
Acabo de leer que Antena 3 ha subido sus audiencias como la espuma gracias a Jesulín de Ubrique. Dicho esto en una agencia de publicidad llena de creativos dispuestos a hallar la piedra filosofal de la comunicación habrá consegido producir una depresión general. Tanto pensar, tanto briefing, tanto insight, tanto claim, tanto ítem, tanto timing… y resulta que para llevarse al catre a la audiencia no hay nada mejor que Jesulín de Ubrique o, en su defecto, su ex mujer, Belén Esteban, esa chica en cuyas arrugas no se pone el sol y de quien apredió gestos la misma mona Chita. Esos dos esperpentos sociales atrapan millones de euros y de espectadores como quien lava, y son, al parecer, los reyes de la creatividad televisiva.